Mis niñas

«Cuando seas viejo… otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras». (Jn, 21, 18)

AbuOs presentamos un testimonio especial y doblemente querido por nosotros. Por una parte, porque es de nuestra amiga y colaboradora en Hágase, y por otra por la grandeza de su hacer diario, al que ella siempre resta importancia pese a ocuparse y preocuparse en dar cariño, mimos, consuelo, ayuda y cuidados a distintas personas mayores de su ciudad, con la bondad y la humildad que la caracterizan.

Cuando hablamos para pedirle su testimonio, le dije que nos presentaba algo hermosísimo: la revolución de la ternura con “sus niñas”. Aquí os lo dejamos y que nos sirva y cunda el ejemplo de esas personas que aportan a nuestros mayores diariamente sus mejores cuidados desde y con el corazón.

Mis niñas

Mi nombre es Josefa González Valderrama. Pertenezco a la Familia Salesiana, SSCC y formo parte del Equipo de Ágora marianista.

En el transcurso de los años me he ido enriqueciendo con mis actividades, procurando que el centro de mi vida siempre fuese Dios.

Desde el año 2000, formamos un equipo de liturgia, con todo lo que ello conlleva de formación litúrgica y de asimilación de la Palabra. Comencé una misión que aún continuo, ministro extraordinario de la Comunión, así he podido llevar a mis enfermos lo más grande que tenemos los cristianos ¡Jesús sacramentado!

Estas visitas que eran semanales no quedaron así, ya que fui descubriendo el abandono de las personas mayores e incluso el mal trato por los cuidadores. Mi corazón me decía que tenía que hacer más.

Empecé a presentarme casi a diario, a diferentes horas, así iba animando a mis ancianos: Pilar, Carmen Q.E.P (recibí un montón de cariño de su parte): ellas a su vez tenían alguien en quién desahogarse y conversar. Pilar, murió en mis manos, ella me lo pidió.

Tengo más” niñas” la más pequeña 87 y la mayor 98.

Mi Estrella para 94 años, cuida de su hermana Carmen, de 92 años y muy malita. (Hay que ayudarle en todo). Lo más lindo es que Estrella sufre pensando que su hermana se puede quedar sola si a ella le pasa algo.

Manoli, Emilia dos hermanas tan diferentes, que no lo parecen, pero que al mismo tiempo se preocupan mutuamente en lo que pueden. Manoli 94 años, sique dando clases de trabajos manuales a personas mayores, hace verdaderas maravillas, una muestra, es una felicitación de Navidad, cuya foto incluyo.

A Isabelita, de 98, la llevo tratando casi treinta años. Ayudo a su hija en lo que puedo, ya que a mí me hace caso y a su hija se le revuelve. Con un poco de guasa, nos la llevamos «al huerto» y le hacemos todo lo que necesita. (Protesta mucho, pero al final nos dice lo a gusto que se queda) Yo comprendo los años que tiene y le hablo mucho; todo lo pilla, tiene la cabeza fenomenal.

Tengo un matrimonio, Santiago e Isabelita, sin hijos, los visitaba todos los días, pero de buenas a primeras me los metieron en una residencia. Dios no se queda con nada de nadie, ellos no querían. Los llamo de vez en cuando ya que me duele saber que él quiere su casa.

He tenido más amigas que ya gozan de Dios.

Trato de que encuentren sentido a su vida y vayan aceptando lo que nos toca vivir. Siempre les digo que la Cruz no la podemos cambiar, pero sí debemos saber llevarla con alegría.

Como salesiana también colaboro con la FUNDACIÓN PROYECTO D.BOSCO, una ONG que ayuda a jóvenes de la calle y en riesgo de exclusión social. Mi misión es buscar socios y colaboradores para mantener la obra, visitarlos y dar charlas dando ánimo. Tenemos encuentros puntuales.

Lo que hago por los demás tiene para mí un sentido profundo: Sé y siento que son el vivo reflejo de Dios.

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Canción para la abuela. Ricardo Acosta. Recuerdos.

 Canción para la abuela

Sentada en su sillón, viendo pasar la vida,
soñando con mil cosas que un día fueron hermosas, hoy sólo son recuerdos…

La abuela en su sillón, un mundo diferente,
cómo me gustaría saber lo que ella siente sentada en su sillón.

Y aunque nunca dice nada, yo adivino su tristeza,
cada cana en su cabeza, cada arruga de su rostro,
tienen historias que contar.

Los años me enseñarán, un día la entenderé,
cuando la abuela no esté,
y alguna mano me ayude a sentarme en su sillón.

Sentada en su sillón, viendo pasar la vida,
meciendo su tristeza, que un día fue belleza, sonrisas y alegrías…

La abuela en su sillón, un mundo diferente,
cómo me gustaría saber lo que ella siente, sentada en su rincón.

Y aunque nunca dice nada…

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