Misión en Honduras

Testimonio cristiano

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Clausura de la Santa Misión

Pertenezco desde hace unos meses a una comunidad de fraternos, en la que estoy encantado por la acogida que me dieron y en la que, cada día que pasa, me encuentro más integrado.

Entrando en materia voy a relatar a grandes rasgos este gran episodio de mi vida que me dejó marcado:

Me llamo José Luis, estoy casado desde hace 41 años, tengo ahora 70 años, y participar en una experiencia tan enriquecedora fue porque tuve en todo momento el gran apoyo de mi esposa y mi grupo de referencia, y estuve de misionero en Honduras en los años 1.988-89-90 y 91 los tres meses de verano. Mi carisma ha sido desde años antes de esta salida a tierras de misión, como movimiento secular de Juventudes Marianas Vicencianas. Un gran grupo de jóvenes de ambos sexos que estábamos preparados para cualquier evento y todavía nos reunimos para recordar nuestras peripecias.

Fui a Honduras con miedo de qué me iba a encontrar, cómo iba a resultar y, gracias al Espíritu Santo que me fue guiando por todos los sitios, la acogida de Monseñor D. Jaime Bofrau, Obispo de Honduras y los grupos de acogida, no tuve ningún problema.

Los tres primeros años fueron una experiencia inolvidable. Quedé encuadrado en la Casa del Niño, en la cual estábamos cinco jóvenes y yo de J.M.V. Nuestra dedicación era principalmente la campaña por todos los colegios de la nuestra zona (San Pedro Sula), que tenía en estas campañas más de 2.000 niños a los que impartíamos las catequesis que llevábamos preparadas desde España. Los testimonios son incontables, pero sí debo de anotar que ahora después de esta cantidad de años que han pasado, sigo teniendo contactos con algunos de los que tuve dando catequesis.

Otros trabajos que teníamos era la preparación de jóvenes -y no tan jóvenes-, en la preparación del bautismo, penitencia (por parte de Padres Paules), Eucaristía, así como matrimonios y Unción de enfermos.

Teníamos también un trabajo de enseñarles a instalar letrinas, preparar el terreno para hacer casas familiares, que tenían que ir pagando a la Catedral poco a poco. Enseñarles a oxigenar el terreno para poder sembrar semillas que llevábamos de España y que ellos luego fueran sacando su provecho.

Era sorprendente ver con qué sentimiento estaban esperándonos, con la particularidad de que muchos -cuando sabían que íbamos a ir por allí-, de las colonias cercanas se acercaban a participar de las catequesis, y sabíamos que algunos tenían que caminar durante algunas horas para llegar al lugar de la reunión, y se los veía con hambre de la Palabra, con qué atención escuchaban sin preocuparles nada el tiempo. Nos trasladaba a cómo se acercaban a Jesús las gentes de Galilea.

Algún momento desagradable pues sí, alguno hubo, recuerdo que íbamos hacia Tela que estaban preparando los jóvenes de allí, el festival de la canción juvenil, gente ni imaginar, pero en el transcurso del viaje desde San Pedro hasta Tela pues nos pararon los militares unas cuantas veces para investigar quienes éramos, a dónde íbamos y documentación de cada uno, -que ninguno llevábamos por miedo al robo-, y presentamos un salvoconducto de la Iglesia Católica, estando encañonados por los fusiles y metralletas de estos militares sin saber qué nos podía ocurrir si alguno veía un movimiento extraño. Gracias a Dios nunca nos pasó nada.

Otras situaciones eran cuando íbamos por la montaña a visitar las diferentes Colonias y aldeas: era sorprendente cómo nos estaban esperando, era emocionante, y así nos pasaban las horas sin enterarnos que no habíamos comido ni dormido.

En el año 1.991 se cerró el ciclo de la Santa Misión que había durado los tres años anteriores, con una participación en este último año muy cercana a las 20.000 personas. De España salimos en el mes de junio más de 1.500 entre sacerdotes, seminaristas y jóvenes laicos de J.M.V.

En esta ocasión me acompañó mi esposa (éramos el único matrimonio), yo solamente pude estar en Honduras un mes y ella se quedó durante tres meses. Tanto mi experiencia como la de ella fueron muy enriquecedoras y positivas ya que trabajamos con niños, jóvenes, parejas y personas mayores y ancianos, sobre todo en las aldeas. Se hicieron proyectos en esos tres años que fueron construcción de casas, letrinas, fuentes de agua educación familiar, escuelas, formación de la mujer, enseñanza de agricultura.

Hoy en día sigue existiendo esto que he narrado, pero mejorado y bien tratado por los hondureños y la Iglesia Católica. Nuestra experiencia en este país tanto para mi mujer como para mí fue muy buena, enriquecedora, y nos marcó para siempre.

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Aldeas de la montaña “Aldea Berlin”. Campaña Infantil.

Casas de cartón. Alí Primera. Los Guaraguao.

Que triste se oye la lluvia en los techos de cartón. Que triste vive mi gente en las casas de cartón…

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