Paz y Bien

Tenemos muchas ganas de seguir compartiendo vida, mucha vida.

Hoy celebramos el Domund, este año bajo el lema  “Sé valiente, la misión te espera“.  Porque todos estamos llamados a la misión, allá donde vayamos, donde estemos. Es por ello que hoy queremos traeros el testimonio de Fray Álvaro Anoz, O.F.M., cuya misión en la cotidianeidad de una ciudad del norte de España es ejemplo de vida entregada por los demás al servicio del Evangelio.

Él es fraile, de la Orden de los Franciscanos Menores (Ordo Fratum Minorum), de ahí la frase que da título a este testimonio y cuyo significado podéis encontrar desgranado haciendo clic aquí.

Me llamo Álvaro, soy Franciscano. Me han invitado a compartir aquí mi experiencia, o mejor dicho alguna experiencia con los crucificados de este mundo. Con cierto pudor, comparto lo poquito que yo vivo con algunos de ellos.

Hace cuatro años llegué a Vitoria, ciudad fría en clima, pero muy acogedora en lo social. No sé si conozco otra ciudad con más proyectos sociales y solidarios que esta pequeña ciudad de provincias, aunque capital del País Vasco. Encontré un proyecto llamado Berakah (bendición en Hebreo). No es una asociación ni una ONG, tan sólo un grupo de 250 personas que unen sus esfuerzos luchando por mejorar las condiciones de vida de los más empobrecidos. Uno de los proyectos de Berakah es la casa Ain Karem, casa de acogida a madres inmigrantes que no tienen a su pareja en España y que, por tanto, están solas para hacerse cargo de los hijos y en general para sacar la vida adelante. En principio no parecía que hubiera mucho que hacer, aquello estaba ya organizado y con algunos voluntarios. Aún así soy de la opinión de que siempre hay algo que aportar. Siempre surgía la necesidad de acompañar a estas mujeres al médico, o a hacer el empadronamiento, o a apuntarse en la oficina del paro, la trabajadora social y tantas cosas semejantes. Cuando alguien no conoce el idioma del país en el que vive, el riesgo de exclusión es altísimo, y las oportunidades de salir adelante se reducen drásticamente. Así que ofrecí dar clases de castellano allí mismo, en la casa, en un comedor muy desastrado, en el que pasaban muchas personas, había niños gritando y jugando y donde no hay separación con la cocina.

Siempre he creído que uno de los aspectos más fascinantes del ser humano es su capacidad para comunicarse con lenguajes. Es a la vez algo evidente pero también misterio. Y si uno lo piensa bien, una de las cosas que nos hace humanos. Así que enseñar la lengua a estas madres tan al aire es una aventura fascinante. Se comienza con el típico “a,e,i,o,u”, se enseña a leer y a escribir, las primeras palabras, saludos, presentarse, los colores, los verbos ser y estar… a la vez son gramática y billete para un futuro mejor. Han pasado muchas mujeres, pero tengo que seleccionar sólo una de ellas, porque si no, esto sería interminable.

Conocí a Maru, una chica joven mauritana, de preciosa piel negra, el mismo día que entré por vez primera en la casa de acogida. Ella acababa de llegar apenas hacía unos días. No le salía la sonrisa en absoluto, era imposible, su situación era y sigue siendo muy difícil. Me enseñaron su habitación: limpia, ordenada, daba gusto estar allí. Tenía muy pocas cosas, porque venía de un desahucio. 

Me asignaron una primera tarea con ella: acompañarla al colegio de sus hijos para enterarme de la situación de la beca del comedor. La habían perdido por no presentarla en el plazo señalado por el Gobierno Vasco. Nevaba aquél día. Salimos a la calle, eran las ocho y media de la mañana, el frío era intenso. Ella sin paraguas y yo… con el mío, pero sin saber si podía acercarme a una mujer musulmana cubierta con su velo, tanto como para ofrecerle cobijarse conmigo bajo el paraguas. Me dio una vergüenza terrible y algo de miedo por si me rechazaba. Pero le dije de pronto si quería meterse debajo del paraguas y… aceptó. ¡Qué liberación sentí por dentro! El bebé iba en el cochecito, Musa y Kunda sus dos hijos, iban detrás, pero ella esperaba cada poco tiempo, los quería cobijar, proteger. En un momento determinado, se me llenaron los ojos de lágrimas, porque me enternecía ver a esta joven madre, sin nada, cuidar de sus hijos con esmero y finura extraordinaria. Era la imagen de aquello del salmo “Como el águila rodea a su nidada…” que dice el libro del “Éxodo”. Seguía nevando. Los copos caían sobre sus manos desnudas que empujaban el carrito. Le pregunté si no tenía guantes. Me respondió un “no”, con bastante timidez, casi en voz baja.

Tomamos el tranvía, seguimos hasta el colegio y allí se nos atendió maravillosamente. Cuando le conté que íbamos a ayudarla como pudiéramos, sonrió con cierto pudor.

Poco a poco, han pasado las semanas, se consiguió dinero para pagar el comedor de un mes, y eso suponía calidad para los niños, descanso para ella, ya no tenía que ir y venir cuatro veces hasta la otra punta de la ciudad.  Le propuse aprovechar el tiempo que ahora tenía disponible para darle clases de español. Aceptó entusiasmada, se notaba su interés, su sonrisa era un regalo. Empecé a adivinar que detrás de su rostro se escondía una mujer preciosa, educada, preocupada por educarse y educar a sus hijos, preocupada por los demás, con una gran educación… ¡todas las mañanas me ofrece para tomar algo cuando llego a la casa!

Empezamos las clases de español. Bueno, ella ya se defendía, pero con muchos errores, y además no sabía escribir. Todos los días repasamos vocabulario, verbos, leemos un poco, pero escribir… es otra historia. Cuando se equivoca, sonríe, me regala sus dientes blancos y cuidados, algo de la Maru que debió ser hace años, alguien sonriente y alegre por naturaleza.

Empezamos a aprender a escribir, saqué un cuaderno de Rubio, de los que usábamos en parvulitos para aprender a escribir hace ya tantos años. Me hizo ilusión comprárselo. Yo sabía lo que compraba, quizás la tendera, pensó que era para un niño más. Sólo yo sabía para quién era, lo importante que era aquél cuaderno que por un euro iba a transmitir cultura y posibilidad de un futuro mejor. No era cualquier cuaderno.

Llegué a la casa de acogida y empezamos la clase. Le di el cuaderno, un lápiz blando y una goma. Empezamos con la “a” y la “e”. Costaba. Ella se afanaba, el lapicero trazaba con mucha torpeza aquellas “aes” y aquellas “es”, siguiendo el modelo punteado del cuaderno. Yo mientras pensaba “su primera a, su primera e”. Me pareció un milagro. Me pregunto si Dios no estará en el empeño, el esfuerzo, el interés que guía a ese lápiz de Maru, trazando esos garabatos en ese cuaderno. No es nada metafísico, es algo muy concreto, muy real, muy tocable. Cuando no le sale bien una letra o la ha olvidado, cojo su mano oscura y joven, y le acompaño los trazos con mi mano. No es metafísica, es muy tocable, sí, tanto como eso. Después la “i” la “o” y la “u”. Me resulta increíble asistir al nacimiento de una persona a la escritura, ese vehículo de cultura y humanidad de 5800 años de antigüedad. Me siento como un maestro de escribas asirio, que enseñase a una alumna los primeros secretos de un arte transmitido una y otra vez, en cadenas ininterrumpidas de escribas. Claro, yo no soy un sabio, ni un escriba, pero ella tiene algo de oriental, y yo tengo mi barba asiria, es hermoso pensar esto, embellece mi vida.

 

 

 

 

 

Con los días ha cogido soltura escribiendo las vocales. Pero le enseñé en el cuaderno la “m” y la “r”, era mi sueño, que al final de esta semana pudiera escribir por vez primera su nombre. Se lo escribí como modelo punteado, caligráfico, ella lo repasó una y otra vez, y hoy ha escrito su nombre. Le dije: “Maru… hoy es un gran día, hoy has escrito tu nombre por vez primera, y lo has escrito preciosamente”. Quería que escribiera otro nombre, no el mío, este escriba quiere permanecer anónimo, como los que copiaron las tablillas de Gilgamesh. Se me ocurrió que escribiera otro nombre que le haría felíz a ella y a otra amiga suya, Mamen. Mamen es una joven madre que le ha ayudado hasta lo increíble, porque tiene un corazón enorme. De nuevo… escribí el modelo punteado en caligrafía bonita, ella lo repasó y aprendió a escribirlo. Luego puse punteado el modelo de Maru y Mamen, pero dejando un espacio en medio. Maru no entendía para qué era aquél espacio. Hizo lo que le dije, y escribió “Maru     Mamen”. Muy bien, ahora puso una “y” en medio. Maru se alegró, su nombre estaba unido al de esa gran amiga que tanto le ha ayudado. “Maru y Mamen” es una frase que estos días para mí es tan importante como “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros, como yo os he amado”.  

Y Dios ha estado en todo eso… en ese esfuerzo y concentración delicada y atenta, repasando letras, en las virutas desechadas de la goma nueva, en los intentos repetidos de ese cuaderno. Ahora ese cuaderno es un poco Palabra donde él habita, porque se ha hecho y escrito con amor, porque apunta a un futuro más felíz, con más posibilidades, porque en él se contiene lo increíble que es el ser humano, capaz de llegar a lo increíble desde lo sencillo y lo pequeño, desde una “a” torcida que da pena, hasta “Maru y Mamen” que es vínculo donde hay derroche de cuidado y cariño entre dos amigas. Esa “Y” no es fraternidad metafísica, es fraternidad que se toca y que alegra a este escriba un poco anónimo, porque ya no me importa si Dios está o cómo está en el lápiz. Bueno, sí… está, porque fue instrumento de esfuerzo, de dar lo mejor, de intentar amar más a quienes cuida Maru, de acercar más la felicidad a Musa, a Kunda y a Abu. Me siento privilegiado. De algún modo esa “y” tan torpemente trazada, es un tesoro, pero para cualquiera ¿quién lo diría?. Y sin embargo esa “y” es vínculo, es “milagro”, de esa “y” surgió una preciosa sonrisa en medio de ese comedor en el que Maru aprende a escribir ya decir nuevas palabras. Lo gris de ese comedor en el que se esfuerza cada mañana se hizo color. Me gusta pensar que he asistido al modo en que Dios crea: “Y pasó el día x millones, y Maru escribió Maro y Mamen, y de esa “y” Dios creó una sonrisa, y la mostró a otros, y todos vimos que era buena, que era preciosa y todos notamos que el corazón se nos salía por la alegría”. Formo parte de la historia, anónima, sí, pero historia de humanización y de amor. Detrás están también 5 meses de búsqueda en mí, en vitoria, 5 meses de búsqueda de quién soy yo, qué pinto yo, para que yo aquí y ahora. Siguen las preguntas, pero esto ya me va acompañando, esta es Tu vara y Tu cayado que me sosiegan.

Deseando que os haya gustado nos despedimos. Ánimo, sé valiente porqué la misión te espera. Dios está contigo.

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Acerca de Noelia

Buscadora incansable, en lo cotidiano, de los pequeños detalles que hacen la vida bonita. Enamorada de mi vocación, mi pasión por educar. Miembro del Equipo Ágora Marianista, una familia.

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