«Mi corazón dice: Yo busco tu rostro, Señor, no me ocultes tu rostro». (Sal 27, 8-9)

Rostroweb«Busco tu rostro; Señor, anhelo ver tu rostro… enseña a mi corazón dónde y cómo buscarte, dónde y cómo encontrarte»

Cuando inauguramos esta Web con El regalo de las miradas, ya os avanzábamos que en este apartado intentaremos –con y desde la

humildad-, mirar hacia nuestro interior, a la oración, al encuentro con el Señor.

 

Son muchas las preguntas que nos surgen… ¿Qué es, qué significa mirarle? ¿Cómo puedo aprender?

 

San Juan de la Cruz nos dice que «El mirar de Dios es amar», y Santa Teresa de Jesús: «Solo te pido que lo mires y que te dejes mirar por Él». Hoy, especialmente, nos ponemos en sus manos, le pedimos que nos enseñe a enfocar nuestra mirada para que poco a poco se vaya asemejando a la de Jesús, y lo hacemos con la hermosa oración de San Anselmo:

 

«Ea, hombrecillo, deja un momento tus ocupaciones habituales; entra un instante en ti mismo, lejos del tumulto de tus pensamientos. Arroja fuera de ti las preocupaciones agobiantes; aparta de ti tus inquietudes trabajosas. Dedícate algún rato a Dios y descansa siquiera un momento en su presencia. Entra en el aposento de tu alma; excluye todo, excepto Dios y lo que pueda ayudarte para buscarle; y así, cerradas todas las puertas, ve en pos de él. Di, pues, alma mía, di a Dios: ‘Busco tu rostro; Señor, anhelo ver tu rostro.’ Y ahora. Señor, mi Dios, enseña a mi corazón dónde y cómo buscarte, dónde y cómo encontrarte.

 

Señor, si no estás aquí, ¿dónde te buscaré, estando ausente? Si estás por doquier, ¿cómo no descubro tu presencia? Cierto es que habitas en una claridad inaccesible. Pero ¿dónde se halla esa inaccesible claridad?, ¿cómo me acercaré a ella? ¿Quién me conducirá hasta ahí para verte en ella? Y luego, ¿con qué señales, bajo qué rasgo te buscaré? Nunca jamás te vi, Señor, Dios mío; no conozco tu rostro.

 

¿Qué hará, altísimo Señor, éste tu desterrado tan lejos de ti? ¿Qué hará tu servidor, ansioso de tu amor, y tan lejos de tu rostro? Anhela verte, y tu rostro está muy lejos de él. Desea acercarse a ti, y tu morada es inaccesible. Arde en el deseo de encontrarte, e ignora dónde vives. No suspira más que por ti, y jamás ha visto tu rostro.

 

Señor, tú eres mi Dios, mi dueño, y con todo, nunca te vi. Tú me has creado y renovado, me has concedido todos los bienes que poseo, y aún no te conozco. Me creaste, en fin, para verte, y todavía nada he hecho de aquello para lo que fui creado.

 

Entonces, Señor, ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo te olvidarás de nosotros, apartando de nosotros tu rostro? ¿Cuándo, por fin, nos mirarás y escucharás? ¿Cuándo llenarás de luz nuestros ojos y nos mostrarás tu rostro? ¿Cuándo volverás a nosotros?

 

Míranos, Señor; escúchanos, ilumínanos, muéstrate a nosotros. Manifiéstanos de nuevo tu presencia para que todo nos vaya bien; sin eso todo será malo. Ten piedad de nuestros trabajos y esfuerzos para llegar a ti, porque sin ti nada podemos.

 

Enséñame a buscarte y muéstrate a quien te busca; porque no puedo ir en tu busca a menos que tú me enseñes, y no puedo encontrarte si tú no te manifiestas. Deseando te buscaré, buscando te desearé, amando te hallaré y hallándote te amaré».

 

El deseo de la contemplación de Dios

Interior

 

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¿Cómo lo ves?

  1. Querida Estrella, gracias por tú presencia.
    Dios, está siempre en espera de nosotros, así como en los Sagrarios, en nuestros hermanos dolientes, por mil circunstancias, que muchas veces pasamos de largo, pero el Rostro de Cristo está en ello. Intentemos de hacerlo más cercano a nosotros.

  2. Señor: Cuántas veces quiero encontrar tu rostro y me viene la idea de tantos sagrarios donde moras con tu presencia real. Quiero verte también en el parado, en el anciano, el enfermo y a cuántos tienen hambre de ti. Jesús, el escrito anterior me hace ver en cuántos sitios podemos encontrarte. Gracias Señor.

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